Ramón Bello Serrano

Ramón Bello Serrano


La pedrea

08/02/2025

Culpables. Culpable la tripulación del helicóptero. Culpable la torre de control. Culpables Obama y Biden de «contratar a gente de baja inteligencia y problemas mentales». Lo peor de la culpa es que todo el mundo puede verla -«mía es la culpa y todo el mundo puede verla»-, escribió Castilla del Pino. Para Trump todos son culpables -los otros son y somos culpables-. Y por ello todo el mundo ha de verlos -y vernos- como culpables. Es una distorsión -obscena- que es y ha sido la única doctrina de Trump. La culpa es pesada de llevar, quizá lo más difícil sea la voluntad primaria de permitirse uno que la carga sea más liviana; perdonarse a sí mismo es equívoco o, por mejor decir, pura soberbia. Por eso Trump es soberbio. Biden fue culpable del asalto al Capitolio y es justo que paguen su culpa los funcionarios que instruyeron la causa. Los cargos: conspiración para defraudar a Estados Unidos; conspiración para obstruir un acto oficial; obstrucción e intento de obstruir un acto oficial; y conspiración contra los derechos de otros. Los funcionarios -culpables- ya han sido despedidos con una indemnización paupérrima. Y éste hecho -el haber sido indemnizados- refuerza la ausencia de culpa en Trump y ratifica su primera declaración tras tomar posesión: «naturalmente que me robaron las elecciones». Culpable fue Biden y lo fueron quienes dudaron o resultaron ser tibios, los otros. De ahí que la tragedia de Washington atesore a muchos culpables -controladores, tripulación del helicóptero- y hasta sea disculpable cualquier atisbo de culpa de la administración, por cuanto «la noche era clara». Todos culpables. La distorsión obscena a la manera de una parábola: Juan 8:7-11; y entonces Trump que portaba un gran saco de piedras empezó a lanzarlas en todas direcciones hasta que ninguna quedó en el saco y lo pudo decir alto y claro: no tengo culpa alguna; la culpa es de los otros; y quizá empiece a serla también vuestra, de aquéllos que me seguisteis y en la que se atisba duda y a éstos, para serles benéficos, Trump les acerca un saco de chinarros y les invita a su ordalía, la de una gran pedrea. Los deudos de los muertos -las cabezas segadas por el hielo, como las cabezas de los caballos de Lagoda- han sido invitados, antes del pésame, al espectáculo bizarro de los culpables donde se premia al que hubiere descalabrado con más tino -algo fácil cuando hay que vaciar el saco de las chinas-.