El último grito en turismo rural son los retiros de lectura. Una empresa bajo el nombre de Remanso oferta escapadas de fin de semana para entregarse a la lectura alejados del mundanal ruido. El último encuentro ha sido en Quintanilla de Onésimo, Valladolid, antiguo molino reconvertido en hotel terraza con vistas al Duero. Entre quinientos y setecientos euros sale la broma, según quieras compartir o no la habitación con otro de los expedicionarios. La programación incluye intensas sesiones de inmersión lectora, amenizadas con recorridos por el entorno, nada de lo cual es objetable si no fuera porque el libro se ha seleccionado previamente y más te vale haberlo terminado si no quieres hacerle un feo al escritor que se incluye en el lote de la pensión completa. Antonio Muñoz Molina, Elvira lindo, Sergio del Molino han sido algunos de los autores que se han prestado a la experiencia, y otros como Alejandro Palomas amenazan con hacerlo. La clientela, al parecer, sale encantada del retiro («pensábamos que igual era una secta, pero fue una pasada», dice uno), pero se impone la duda de si entre ellos había verdaderos aficionados a la lectura o simples parvenus necesitados de un cambio de aires. Los lectores de verdad saben que la lectura no necesita de alicientes ni parafernalias: su aguijón nos acomete en cualquier parte, hasta en los más inhóspitos ambientes (nuestra casa, sin ir más lejos), sin forzarnos a horarios prefijados. Decía Marañón que el buen médico solo necesita dos cosas para atender a sus pacientes: una silla y saber escuchar. Para leer no requerimos más que un libro -elegido por nosotros- y una butaca. Y el autor, cuanto más lejos, mejor.