Muchos ignorábamos que en la provincia teníamos un árbol ilustrísimo hasta que lo desveló El País, que a su vez se enteró por una alusión en el programa La Revuelta. Ignorábamos asimismo que existen competiciones de árboles y que este, ameritado como árbol español del año, aspira a serlo del mundo. Estéticamente, el celebrado ejemplar, ubicado en Abengibre, no difiere gran cosa de cualquier otro pino piñonero, pero lo distingue una prosapia de 400 años y la capacidad de movilizar gente que a raíz de la campaña iniciada en redes sociales se ha disparado. Sin comerlo ni beberlo –sobre todo sin beberlo, pues las fuentes que rodeaban la zona se han ido secando-, el erguido pino se ha convertido en foco de atención turística, un chollo para un pueblo que, como tantos otros, forma parte de esa España irreversiblemente vaciada. Hasta la fecha no he sabido de ninguna protesta –y sí de muchas exhibiciones de patriotismo-, pero piensa uno que las organizaciones ecologistas deberían meter baza en el asunto, siquiera para liberar al glorioso ejemplar del proceso de personificación al que se le está sometiendo, tan denigrante como el inverso de cosificar a las personas, sobre todo mujeres y que sí tiene grandes contestaciones en el feminismo. En efecto, al imbuirle de rasgos humanos como la competitividad, al plantearse su exhibición y explotación como simple mercancía –tal como se hace en cualquier certamen de miss mundo o en la prostitución- desvirtuamos sus atributos naturales que no son otros que su condición de árbol provecto, y a mucha honra. El tonto de turno ha hablado de un modelo de resiliencia, lo que le faltaba al pobre pino para apuntillarlo.