Una de mis rutinas de jubilado más recurrentes es la de escuchar la radio. Oigo las noticias y algún que otro magazín de fin de semana, pero sobre todo recurro al podcast. El encendido de la radio se ha convertido en el rito matutino que precede a la taza de café y a la tostada. Y así voy encadenando voces durante horas, incluyendo los ratos que salgo de casa para cumplir alguna de las triviales misiones del pensionista, como comprar garbanzos, pasear al perro o recalar en la librería para descubrir cuál es el próximo libro que no voy a leer. Para estas escuchas ambulantes me valgo del móvil, de unos auriculares y de la tecnología bluetooth. Decir que la radio me hace compañía sería quedarme corto. Lo más exacto sería afirmar que la radio se ha convertido en una parte esencial de mi conciencia. Y ahí está el problema. Antes de desarrollar este vicio por las ondas, podía vanagloriarme de tener una vida interior que no denominaría «rica», pero sí abundante. Es decir, disfrutaba encadenando pensamientos, muchas veces aleatorios y ociosos, pero pensamientos al fin y al cabo. Ahora, sin embargo, las voces de la radio han ido parasitando mis propias ideas y opiniones, esa voz interior que, sin ser gran cosa, al menos era completamente mía. Por ello he decidido reducir la ingesta de radio a una pequeña dosis por las mañanas (igual que el café desde que soy hipertenso), y prescindir totalmente de los auriculares, ese invento del demonio que ha estado a punto de costarme un atropello en un par de ocasiones. Puesto que no hay nada tan arraigado como un vicio en la tercera edad, he compensado el sacrificio participando en una tertulia radiofónica una vez por semana. Y así he logrado, no sólo librarme de mis parásitos, sino convertirme en parásito de mentes ajenas, actividad para la que me siento plenamente cualificado.