Antonio García

Antonio García


El pez diablo

17/02/2025

Solo han pasado cinco días entre sus avistamiento en la playa de San Juan en Tenerife y su muerte. El pez diablo, una criatura abisal, afloró a la superficie para pasmo de ictiólogos, que hasta la fecha solo habían visto larvas o ejemplares muertos tan alejados de su hábitat, y la experiencia le resulto letal. Lo que se dice visto y no visto. Se ignora el motivo de esa asomada al exterior, contra la que nos previnieron las empresas ferroviarias, por más que puedan barajarse varios: puede que al animal lo impulsara el narcisismo de dejarse ver (su amedrentadora presencia no carece de fotogenia), o la simple curiosidad aventurera de explorar que había más allá de las penumbras, sin descartar tampoco una intención suicida similar a la de las ballenas. No se ha establecido todavía un relación de causa efecto entre su avistamiento y su óbito, pero todo conduce a pensar que a ciertas especias animales les conviene alejarse el del contacto humano –aunque solo sea visual- si quiere conservar su vida, como les sucede a ciertos paisajes vírgenes y paradisiacos, que no bien descubiertos por la rapiña humana están condenados a la extinción. El hallazgo, dicen, servirá ahora para que los biólogos profundicen en el conocimiento de la desdichada criatura, pero también resultará fértil para ciertos estudios de género pues se trata de un claro ejemplo de empoderamiento femenino en la especia animal: las hembras del pez diablo pueden sextuplicar el tamaño de sus parejas masculinas y son la encargadas de la alimentación, reservándose para el macho el papel de parásito reproductor, modelo que podría servir de ejemplo para la especie humana en un futuro no muy lejano.