Mi amigo Alejandro Pareja ha trabajado como traductor profesional durante más de 30 años. Aunque la figura del traductor casi siempre pasa desapercibida, Alejandro puede vanagloriase de haber vertido al castellano las obras de grandes clásicos como Conan Doyle, Bram Stoker y Stevenson. Entre los autores contemporáneos más conocidos a los que les ha prestado su prosa destaca el norteamericano Frank McCourt, que alcanzó fama mundial gracias a la novela autobiográfica Las cenizas de Ángela, centrada en su miserable infancia en Irlanda. A propósito de esta traducción, Alejandro me contó que hace poco había recibido un mensaje de cierta persona que se mostraba extrañada (por no decir indignada) porque en el texto apareciera la palabra «gitanos», y cuestionaba la exactitud de la traducción. La señora se identificaba como «técnica de atención telemática del servicio de asistencia y orientación a víctimas de discriminación racial o étnica», nada menos. Hoy en día la gente se ofende por casi todo, pero los hay que han encontrado en la ofensa permanente una forma cómoda de ganarse la vida y ejercen su importante labor desde algún observatorio, fundación o secretaría, como es el caso. Alejandro le respondió no se acordaba del ejemplo concreto, pero que con toda seguridad se había limitado a traducir el vocablo inglés gypsies, que significa ni más ni menos que «gitanos». Pero no me extrañaría que esta «ofendida profesional» no se diera por satisfecha con la explicación. De hecho, los traductores ya llevan un tiempo curándose en salud. En las nuevas versiones de Huckleberry Finn, al personaje de Jim ya no se le denomina «negro» (nigger, en el original), sino «esclavo». La novela Diez negritos, de Agatha Christie, ahora se titula Y no quedó ninguno. Y a este paso, no pasará mucho tiempo antes de que Tyrion Lannister, el famoso personaje de Juego de Tronos, deje de ser enano y se convierta en persona con acondroplasia.