El discurso de J.D.Vance en la Conferencia de Munich nos ha dejado a los europeos temblando. El vicepresidente de Estados Unidos ni siquiera pronunció la palabra Ucrania, a pesar de la presencia de Zelenski y del anuncio de negociaciones entre Trump, Putin y Zelenski para poner fin a la guerra. Vance transmitió perfectamente la idea que tiene la nueva administración americana sobre el papel que debe jugar Europa en el escenario internacional: ninguno. No está preparada, no cuenta con los medios necesarios para garantizar la seguridad y la defensa, no le da la importancia debida a la OTAN y la necesidad de dotarla de los medios necesarios para ser una institución que garantice la defensa de los países miembros y de sus ciudadanos. A Vance solo le faltó recordar que fue la intervención americana, la intervención de Estados Unidos, la que libró a Europa de Hitler. Su discurso fue demoledor, prepotente, insufrible y falto de respeto. Pero da que pensar. Por ejemplo, da que pensar que en Munich no se escuchara una sola voz que le respondiera como merecía, defendiendo la identidad europea y plantando cara a la soberbia que hoy emana desde la Casa Blanca. Nadie que demostrara a Vance que la UE tiene unos principios de solidaridad a los que no renuncia, que es una tierra de respeto a todas las creencias, tierra de igualdad y de culturas en las que se unen tradiciones de siglos y los cambios sociales más avanzados.
Faltaron voces para replicar a Vance, muy brillante en la exposición de sus argumentos. Y faltaron voces, que es lo que duele, porque Vance, Trump, han puesto en dedo en la llaga: la UE no tiene más política de Defensa que la OTAN, a la que, sin embargo, se resiste a financiar; no cuenta con una política efectiva para que la solidaridad no se confunda con llegada masiva de inmigrantes que no puede asumir y entre los que se cuelan terroristas y delincuentes, que es donde está el origen de los partidos de ultraderecha que para un porcentaje alto de europeos son los únicos que tienen un discurso creíble de defensa de sus principios y valores. Situación muy parecida a la que viven los ciudadanos de Estados Unidos, que han dado su voto a Trump porque piensan que les dará más seguridad económica y los defenderá mejor ante las agresiones de todo tipo, las de dentro y fuera de su propio país. Incluso merece una reflexión el alegato de Vance en el que afirma que en la Europa actual hay menos libertad de expresión que en épocas anteriores. Es innegable que las políticas woke abren la sociedad a toda clase de modelos, pero castiga a quienes no están de acuerdo con esos modelos o exigen que la igualdad no signifique que se premie lo diferente frente a lo mayoritario.
No lo dijo Vance, pero sus palabras, que evidentemente venían respaldadas por Trump, si no estaban redactadas en el Despacho Oval, si estaban consentidas, llevaban a una conclusión incuestionable: Donald Trump es un personaje que provoca un rechazo comprensible por su soberbia, su machismo intolerable, su xenofobia y racismo, pero tiene un proyecto con una prioridad a la que no renuncia: Estados Unidos, hoy los estadounidenses, por encima de todo. Y en la Europa actual no hay un solo jefe o jefa de gobierno que defienda a Europa con esa fuerza, esa convicción. Nadie que se moleste en trabajar por una UE que está perdiendo peso a chorros y causa decepción, desencanto y escepticismo. Una Europa capaz de asumir los importantes retos tecnológicos, económicos y sociales que nos acechan.