Donald Trump ya es presidente de los Estados Unidos. Su presencia, su peinado e incluso sus gestos harán las delicias de la izquierda, porque su odio hacia él es sincero. Hay argumentos para criticarle e incluso para tenerle antipatía; sin embargo, el odio visceral es un sentimiento desbocado que daña la convivencia.
Hace mucho tiempo, se consideró que los gobernantes deberían tener inmunidad. No solo era propio de las monarquías absolutas o las dictaduras (ambos con sistemas legales débiles) sino que evitaba el riesgo de la venganza política en las democracias también. En muchos casos, esta inmunidad se limitaba a los actos ejecutados en el cargo y no por otros anteriores o no vinculados al mandato ejercitado.
Un vestigio anómalo del gobernante es el indulto. En las dictaduras o monarquías absolutas se usa con frecuencia porque es la mejor demostración empírica de su poder, mientras que en las democracias resulta como mínimo chocante. ¿Cómo un Estado democrático de derecho puede indultar a alguien que su propio sistema ha considerado culpable? Se suele pedir un cierto esfuerzo argumentativo en la concesión de un indulto.
Por suerte, Joe Biden no tiene esas limitaciones. Cierto es que dijo que nunca indultaría a Hunter, su amado hijo. Que sus problemas judiciales fuesen generados durante su presidencia debilita el argumento de la venganza política o que el acuerdo planteado por la fiscalía fuese tan generoso que nunca se lo hubiesen ofrecido a ningún otro individuo.
La vida personal de Joe Biden no ha sido fácil, negarlo es absurdo y miserable. Pero querer con locura a un hijo o sentir un desgarro interior por sus fragilidades no es justificación para impedir a la justicia seguir su lógico curso. Hunter ha tenido amistades peligrosas y complicidades que manchaban la honorabilidad de su padre. Podremos creerlas o no, pero su trazabilidad justifica la sombra de duda y la crítica por la turbia moralidad del personaje.
Las democracias occidentales viven un momento delicado, porque la reputación de las élites está en entredicho por esa razonable sospecha. Se acude con rapidez a la palabra corrupción, cuando sería más sencillo decir que a los familiares de las élites no les va mal ni a muchos políticos cuando se retiran de las listas.
Todos los regímenes corruptos se alegran de la acción de Joe Biden, porque dirán que es hipócrita cuando ellos son sinceros. Con los últimos indultos preventivos se ha mofado de la justicia. Es un peligroso precedente.