Quédense con esta frase de uno de los discursos pronunciados en la gala de los Premios Goya del pasado fin de semana: «La memoria histórica también es la historia reciente de este país». La pronunció María Luisa Gutiérrez, productora de la película «Infiltrada», nacida en Yunquera de Henares (Guadalajara), en 1973. Por fin, después de muchos años, el cine subvencionado español recordó en su fiesta anual a las víctimas del terrorismo.
Me siento muy orgulloso de esta paisana alcarreña, socia de Santiago Segura, por el éxito de su película, protagonizada por Carolina Yuste; por haber tenido la valentía de alzar la voz, ante el silencio y la cancelación cobarde de otros sobre una historia reciente con 850 asesinatos, y por la cara que se les quedó a algunos de los asistentes a la gala celebrada en el Palacio de Congresos de Granada, que dudaban entre el tímido aplauso y el gesto de bajar la cabeza.
María Jesús Gutiérrez debe estar ahora reflexionando junto a la Vega del Henares, en el mismo pueblo donde también reside mi admirado Andrés Aberasturi, sobre la enorme repercusión de su discurso. Sobre el eco de unas palabras que no deberían sorprender a nadie, si no fuera porque delatan la ocultación permanente de una realidad miserable y dramática. Las reivindicaciones habituales en 'los Goya' hacían referencia a la participación de España en la guerra de Irak, a los recortes de la derecha o a los peligros de Donald Trump y de la extrema derecha. Salvo excepciones, nadie hasta ahora tuvo el atrevimiento de denunciar el terrorismo etarra, ni de alzar la voz en defensa de quienes lo sufrieron.
La democracia – como también recordó María Luisa en su intervención – se basa en la libertad de expresión. En que te respeten, aunque pienses diferente. En que puedas ejercer el derecho a decir lo que te dé la gana sin miedo a que te cancelen. O a que te llamen facha.
La polémica desatada en torno a la actriz Karla Sofía Gascón, nominada al 'Oscar a Mejor Actriz' por su papel protagonista en «Emilia Pérez», a cuenta de unos 'tuits' desafortunados y racistas publicados hace años, me parece razonable. Pero, no me parece de recibo, intentar ningunearla o cancelarla, como se dice ahora. Su gran trabajo interpretativo – que es lo que supuestamente valora el tribunal en unos premios cinematográficos – está a la vista de todos. Puede criticarse con dureza su forma de pensar, pero sin llegar al extremo de intentar matarla profesionalmente.
El pasado domingo se cumplieron cinco años de la muerte de David Gistau, uno de los columnistas y periodistas más brillantes de su generación. Todavía lo recuerdo entrando de buen humor a los estudios de Onda Cero en San Sebastián de los Reyes (Madrid) dispuesto a expresar - por libre, sin argumentarios ni consignas políticas de ningún partido – lo que pensaba sobre cualquier asunto que se pusiera encima de la mesa. Desgraciadamente, se marchó demasiado pronto, y no ha sido testigo de la degeneración en la que nos encontramos.
Me imagino ahora al bueno de David – si levantara la cabeza – asistiendo a este lamentable espectáculo inquisitorial. A esta endemoniada carrera por linchar a todo aquel que cometa la osadía o la torpeza de ir por libre, situándose al margen del discurso establecido.