Los 'convolutos'

José Francisco Roldán
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«Los despiadados del abuso interponen una banda de sicarios y testaferros para disimular todo tipo de bienes tramposos»

Imagen de Koldo, en una visita al Supremo. - Foto: EFE

Hay personas que entregan generosamente su trabajo y sabiduría para el ejercicio de la actividad política, sin más interés que el servicio público. Los hay que, sin pretenderlo, por afección personal o grupal, se inclinan por entrar en iniciativas sociales para protagonizar la escalada al poder político con la voluntad de mejorar el bienestar de los ciudadanos. Algunas apuestas profesionales llevan aparejada una reducción de ingresos y prestigio personal, que aceptan, porque aspiran a cambiar la dinámica colectiva. En esos ejemplos suelen encontrarse actitudes desprendidas tratando de ayudar a una sociedad necesitada de líderes, que se entregan sin restricciones. Son pocos, pero nos reconcilian con la naturaleza humana, empeñada en seguir desarrollándose y procurando el progreso.  

En no pocos supuestos, ese tipo de adalides sociales van desertando por la presión incansable de los profesionales de la política más rastrera, auténticos filibusteros en la mentira, capaces de vender su alma al diablo del beneficio propio. La actividad partidaria, cuando se detenta influencia o poder, se suele corromper, inexorablemente, por obra y gracia de pretorianos de la poltrona amasando prebendas para asegurar futuros propios y de la tribu. Algunas biografías sirven para conocer el recorrido político, disfrazado de ideología, que muchos arribistas emprenden para vivir del cuento. La meritocracia pierde capacidad para la selección de quienes deberían tener el protagonismo social, porque se impone y acomoda en el poder una caterva de parásitos amasando a manos llenas sus fortunas.

Ninguna etapa histórica se ha visto huérfana de aprovechados arrinconando la honradez e interponiéndose en el camino de lo justo. Los que tienen cierta memoria recordarán la apuesta ferroviaria de los últimos años 80 en el pasado siglo XX. El poder de entonces negociaba discretamente para adquirir locomotoras y vagones con los que iniciar una nueva velocidad. España trataba de mejorar el modo de comunicarse con trenes modernos arrastrados por locomotoras fugaces, y así retirar muchos vagones obsoletos, algunos de madera, donde costaba acomodar con alivio demasiados glúteos indefensos. La batalla comercial entre alemanes y franceses, que dominaban el mercado europeo, solapaba la contrastada eficacia de nuestro Talgo, paradigma de calidad, que aún corre por los raíles del mundo. Había mucho que invertir, pagar o cobrar, y en eso estaban empeñados los intermediarios, conseguidores de negocios fulgurantes y provechosos. Salió a la palestra mediática un español-alemán, que pudo haber tenido algo que ver con negocios turbios. Y en esos días, precisamente, nos permitieron conocer la palabra convoluto, herencia latina que detallaba un envoltorio, pero derivó hacia el concepto de regalo buscando contraprestación, en fin, lo que conocemos como soborno.

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