El escudo de la casa de la marquesa de Villasante

Elvira Valero
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El blasón fue rescatado del derrumbe de la casa y se encuentra en el Museo de Albacete

Imagen de la desaparecida casa de la marquesa en la calle Mayor, 58 (sobre la puerta descansa el escudo). - Foto: A. Mateos

C uando se menciona «la casa de la marquesa» en Albacete todo el mundo la identifica con Margarita Ruiz de Lihory, célebre por el macabro «caso de la mano cortada». Ella fue la última propietaria de un enorme caserón (que conocemos por la fotografía de A. Mateos en su obra Del Albacete Antiguo), desaparecido hacia 1968. La personalidad excéntrica de la marquesa ha provocado que, pese a ser uno de los personajes más famosos de Albacete, pocas personas sepan cual es su conexión con nuestra ciudad. Y, sin embargo, el escudo de la casona que se encuentra en el Museo de Albacete, nos muestra -mediante el lenguaje de la heráldica- quienes fueron sus propietarios. Por si quedara alguna duda, la documentación del Archivo Histórico nos asegura con rotundidad que perteneció en origen a Juan Salvador de la Bastida Zorrilla, abogado de los Reales Consejos, regidor y familiar del Santo Oficio, natural de San Clemente, pero avecindado en Albacete, quien, en 1780, presentó en el Ayuntamiento una certificación sobre su hidalguía (obtenida en 1778) para eximirse de pagar impuestos y gozar de los privilegios que correspondían a su estado noble. Esta certificación elaborada por el cronista y rey de armas incluía una descripción detallada del escudo, junto a unas pruebas genealógicas que retraían la ascendencia al siglo XVI.

Pero, ¿quién era la marquesa? Margarita Ruiz de Lihory y Resino (1889-1968) nunca exhibió este escudo albacetense, al fin y al cabo, la hidalguía de los de La Bastida representaba el escalón más bajo de la nobleza y ella podía regocijarse -y lo hacía- de pertenecer a la aristocracia titulada puesto que en su familia recaían un marquesado, Villasante, un condado, del Val del Águila, y una baronía, la de Alcalalí, distinciones que heredó su hermana mayor, aunque ella, ilegítimamente, usara los títulos de marquesa y baronesa.

La familia que la conectaba con Albacete era su propia madre, Soledad Resino Labastida, casada con José María Ruiz de Lihory y Pardines, barón de Alcalalí, y su abuela, Micaela La Bastida y Teijeiro, hija esta última de José de la Bastida y Bustamante, que casó en 1838 con Josefa Teijeiro y Tapia, hija del segundo marqués de Villasante y de la quinta condesa de Val del Águila, Juan de Tapia y Meléndez, que fue quien pasó los títulos a Soledad, madre de la marquesa. A su vez, José de la Bastida Bustamante era hijo de Juan y Josefa, y este de Juan Salvador de la Bastida Zorrilla, natural de San Clemente, el que se asentó en Albacete y presentó la ejecutoria de hidalguía en el Ayuntamiento en 1780. El expediente que se encuentra en el libro de actas de 1780 (signatura 93/4) se remonta hasta el sexto abuelo quien también había obtenido ejecutoria en 1572.

La personalidad arrolladora de la marquesa, que se presenta como abogada, periodista, espía, pintora, feminista, etcétera y su pertenencia a la nobleza provocó estupor en la sociedad de la época. El caso de la mutilación del cadáver de su hija por sus propias manos, la denuncia de su hijo, su arresto, ingreso en un psiquiátrico y posterior juicio, copó las páginas de sucesos de toda la prensa del país, más habituadas a personajes de baja extracción que a carismáticos aristócratas. El «caso de la mano cortada» fue seguido por la prensa sensacionalista de los años 50 del pasado siglo en todo el país; incluso, un periódico local, Crónica, lo reabrió en 1995 con notable éxito editorial.

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